«Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza». (Ap 12)

Nos bombardean continuamente con ideas acerca de la mujer. Ideas que, a fuer de repetirse, llegan a convertir en creencias, aunque no reflejen la naturaleza auténtica del término mujer: persona que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia.

Nuestros antepasados no tenían el conocimiento ni tampoco palabras elaboradas para definir esas cualidades como nosotros podemos tenerlo hoy. Sin embargo, a través de símbolos eran capaces de dar vida a su intuición, resaltando aquellas características más significativas de la mujer. Así, sin necesidad de más explicaciones, simplemente sintiendo la esencia de la vida, hemos habitado durante milenios en el llamado matriarcado.

¿Era aquel matriarcado, no tan lejano en el tiempo si lo comparamos con la historia de la Humanidad, algo contrapuesto al actual patriarcado? Pues la respuesta a esta cuestión es una de las claves para que entendamos la manipulación conceptual que hoy es moda, que constituye lo políticamente correcto. No, no era así entendido el matriarcado del que procedemos, pues no se trataba de una organización social en la que el predominio correspondiera a la mujer, como sí ha ocurrido en tiempos más recientes con el patriarcado. Para la antigua humanidad, el papel de la mujer trascendía todos esos conceptos actuales atribuidos a la predominancia del varón. Su significado iba más allá de cualquier tipo de organización social, traspasando las fronteras culturales, hasta llegar a asimilar lo femenino, los atributos de la Mujer, al origen de todo lo existente: Dios era Mujer, la Diosa Madre.

Aquí radica el auténtico feminismo, no el entendido como lucha por los derechos de la mujer, la cual no requiere razonamiento alguno por ser justa pero que lleva implícito un sentimiento de inferioridad, pues cuando uno reclama igualdad su sentimiento está instalado en la desigualdad. En aquella Era Matriarcal el sentimiento predominante no era la superioridad social de la mujer, sino un sentimiento de unidad, de igualdad en el origen que provenía de la pertenencia sin distinciones a la Gran Madre. Así apareció Akasha para el pueblo ario: el origen de todo lo manifestado -Dios- con forma de útero materno, donde se concibe, donde se gesta y donde viene a la luz todo lo existente, nace a la vida, es nutrido, evoluciona y crece sin que exista separación: todo ocurre en el seno de Akasha. Y el ser humano mujer es la representación en la Tierra del arquetipo de la Diosa Madre existente en el Cielo.

Este es el auténtico reconocimiento de lo femenino, aquí radica el poner al ser humano mujer en el lugar que le corresponde, simbolizando la capacidad y voluntad de dar vida a lo existente, gestándolo como carne de su carne – a su imagen y semejanza-, de proveer de lo necesario para su sustento y desarrollo, de cuidar y proteger sin falla… El ser humano mujer representa en la Tierra el arquetipo del Padre Bueno al que se refería Jesús, quien puso nombre –Bueno– a la connotación femenina de Dios.

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