La mente humana, entendida como conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes, es absolutamente moldeable. Cierto es que venimos al mundo con una dotación innata de recursos, los cuales podremos o no utilizar a lo largo de nuestra vida terrenal. Igualmente, cierto es que a lo largo de nuestra vida y especialmente en los primeros años, en la niñez, las experiencias que vivimos y los comportamientos aprendidos se transforman en modelos de comportamiento propios. A medida que cumplimos años esa capacidad de moldear la mente con las experiencias disminuye.

Esa parte inconsciente de nuestra mente contiene, entre otras cosas, la dotación genética heredada -instintos- y las creencias aprendidas de nuestro entorno convertidas en «verdades absolutas». Utilizando un símil tecnológico podemos afirmar que la mente inconsciente es como una base de datos cuya función es interpretar las señales del entorno y activar los programas apropiados para responder a aquellas. Sería algo así como un disco duro programable, en el cual se pone en marcha una respuesta a un determinado estímulo; respuesta aprendida cuando se recibió ese estímulo por primera vez.
A lo largo de la Evolución hemos desarrollado también una mente consciente, una enorme ventaja evolutiva exclusiva de los mamíferos superiores entre los que se encuentra el ser humano. Ambos niveles, consciente e inconsciente, trabajan de forma simultánea pero no siempre cooperan.
Sabiendo que la mente inconsciente procesa, en el mismo tiempo, 500 veces más estímulos externos que la mente consciente, es fácil deducir cuál de ellas «controla nuestra vida». Entonces, ¿estamos condenados a repetir inconscientemente las pautas aprendidas en nuestra infancia y que nos hacen sentirnos afligidos, angustiados, incapaces e incluso deprimidos? La respuesta a la anterior cuestión es: NO.

Intervenir no supone enfrentarse, no hemos de generar rechazo hacia nuestros comportamientos aprendidos, aunque estos puedan no estar de acuerdo con los planes de nuestra mente consciente e incluso los limiten. No se trata de plantar batalla a nuestro inconsciente como hacemos muchos de nosotros de forma intuitiva, ni tampoco de «razonar» con el inconsciente, pues este solamente atiende al momento presente. Es más: las tensiones internas generadas al emplear nuestra razón y voluntad enfrentadas a la «programación inconsciente» pueden acarrearnos graves trastornos y un desgaste biológico intenso.
La mente consciente puede «reprogramar» el inconsciente reconociendo el poder del pensamiento y las creencias; utilizando la energía que despliegan ambos, capaz de modificar no solamente nuestra forma de 
¡Podemos hacerlo!, y en ese camino encontraréis siempre una mano tendida para acompañaros.