La mente humana, entendida como conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes, es absolutamente moldeable. Cierto es que venimos al mundo con una dotación innata de recursos, los cuales podremos o no utilizar a lo largo de nuestra vida terrenal. Igualmente, cierto es que a lo largo de nuestra vida y especialmente en los primeros años, en la niñez, las experiencias que vivimos y los comportamientos aprendidos se transforman en modelos de comportamiento propios. A medida que cumplimos años esa capacidad de moldear la mente con las experiencias disminuye.

¿Cómo ocurre esto? Pues sencillamente porque los comportamientos, las actitudes y las creencias de nuestros padres y de las personas más próximas se graban en nuestra mente inconsciente, estableciendo sus propias rutas sinápticas -circuitos funcionales de conexión entre neuronas-. Los bebés pueden aprender comportamientos complejos por el simple hecho de observar, sin necesidad de participar en ellos. Una vez que esta información se almacena en el inconsciente, controla no solo nuestro comportamiento sino también nuestra biología durante el resto de nuestra vida; lo aprendido se convierte en una verdad absoluta que moldea el potencial y el comportamiento del niño a lo largo de toda su vida (Bruce H. Lipton, La biología de la creencia).

Esa parte inconsciente de nuestra mente contiene, entre otras cosas, la dotación genética heredada -instintos- y las creencias aprendidas de nuestro entorno convertidas en «verdades absolutas». Utilizando un símil tecnológico podemos afirmar que la mente inconsciente es como una base de datos cuya función es interpretar las señales del entorno y activar los programas apropiados para responder a aquellas. Sería algo así como un disco duro programable, en el cual se pone en marcha una respuesta a un determinado estímulo; respuesta aprendida cuando se recibió ese estímulo por primera vez.

A lo largo de la Evolución hemos desarrollado también una mente consciente, una enorme ventaja evolutiva exclusiva de los mamíferos superiores entre los que se encuentra el ser humano. Ambos niveles, consciente e inconsciente, trabajan de forma simultánea pero no siempre cooperan.

Sabiendo que la mente inconsciente procesa, en el mismo tiempo, 500 veces más estímulos externos que la mente consciente, es fácil deducir cuál de ellas «controla nuestra vida». Entonces, ¿estamos condenados a repetir inconscientemente las pautas aprendidas en nuestra infancia y que nos hacen sentirnos afligidos, angustiados, incapaces e incluso deprimidos? La respuesta a la anterior cuestión es: NO.

Nuestra mente consciente tiene capacidad para permanecer atenta a la aparición de esos comportamientos «programados» y para poder intervenir, ya sea deteniendo o modificando la respuesta al estímulo. Es evidente que ello no es tarea fácil, pues además de exigir atención consciente sobre nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros sentimientos, requiere conocer el origen de nuestras reacciones y los talentos de los que disponemos para utilizarlos adecuadamente. Ya hemos explicado en algunos de nuestros seminarios que en esa capacidad reside nuestro libre albedrío: no podemos cambiar los hechos pasados o presentes, pero sí vivirlos de una manera diferente.

Intervenir no supone enfrentarse, no hemos de generar rechazo hacia nuestros comportamientos aprendidos, aunque estos puedan no estar de acuerdo con los planes de nuestra mente consciente e incluso los limiten. No se trata de plantar batalla a nuestro inconsciente como hacemos muchos de nosotros de forma intuitiva, ni tampoco de «razonar» con el inconsciente, pues este solamente atiende al momento presente. Es más: las tensiones internas generadas al emplear nuestra razón y voluntad enfrentadas a la «programación inconsciente» pueden acarrearnos graves trastornos y un desgaste biológico intenso.

La mente consciente puede «reprogramar» el inconsciente reconociendo el poder del pensamiento y las creencias; utilizando la energía que despliegan ambos, capaz de modificar no solamente nuestra forma de interpretar la vida, sino también nuestra biología, como demuestran los estudios epigenéticos.

¡Podemos hacerlo!, y en ese camino encontraréis siempre una mano tendida para acompañaros.