«Te advierto, quienquiera que fueres tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que, si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Conócete a ti y conocerás al universo e incluso a los dioses!»

«Conócete a ti mismo», grabado en el frontispicio del templo dedicado al dios Apolo en Delfos, nos resume el devenir del alma humana hasta llegar a su fin.

El recorrido del alma está simbolizado en los mitos, que tratan de clarificarnos cómo los arquetipos universales actúan. Los caminos, como los arquetipos, son innumerables, pero el fin es uno.

El mito de Teseo y el Minotauro nos abre los ojos a este tránsito o evolución de la psique humana. Fijaos la cantidad de símbolos que aparecen y nos advierten de aquello de lo que hemos de «darnos cuenta».

Teseo –varón, ánimus– quiere dar muerte al Minotauro dentro del laberinto de Dédalo y así liberar a Atenas de la tiranía de Minos. El laberinto: difícil de entrar en él y fácil perderse dentro, simboliza el inconsciente.

Con apariencia similar a un mandala, el laberinto es el camino para llegar a la totalidad, a la unidad de las partes escindidas: consciente-inconsciente, ánima-ánimus, luz-oscuridad… hasta conocernos completamente y sentirnos indivisos, como preconiza el «Conócete a ti mismo».

El Minotauro, monstruo mitad hombre, mitad toro, simboliza la Sombra de Teseo que vive en el inconsciente y que pugna por manifestarse como parte que es de cada uno de nosotros, relegada y no reconocida.

Para alcanzar el triunfo, la liberación, Teseo se enfrenta con su Sombra ayudado por una mujer, Ariadna -su ánima-, la parte femenina de él que sujeta el hilo que guiará a Teseo para salir del laberinto. De nuevo el conocimiento de una parte de nuestra Sombra –el ánima-, el darnos cuenta de los atributos femeninos de los que somos portadores los varones y no manifestamos, nos ayuda a alcanzar el fin del proceso de individuación: sentirnos uno y completo.

La muerte del Minotauro no es una muerte literal, innecesaria desde este punto de vista; simboliza la «muerte psíquica y el renacimiento» de Teseo -de todo ser humano- que, tras la experiencia de unidad, «regresa» como un nuevo ser, con la sombra reconocida como parte de uno mismo. Este proceso también está simbolizado por las celebraciones taurinas actuales, donde la muerte del toro simboliza el «triunfo» del ego sobre la sombra psíquica. Muerte innecesaria del animal, que algún día entenderemos como metáfora del camino para hacernos completos y de nuestra «resurrección» psíquica.

Una vez reconocida y aceptada, nuestra sombra -el Minotauro particular de cada uno- no tendrá necesidad de pugnar por manifestarse para ser vista. Dejaremos de estar sobrecogidos y nos sentiremos liberados.

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