El ser humano precisa desarrollarse en diferentes niveles, todos ellos importantes y necesarios para alcanzar un íntimo estado de satisfacción personal y bienestar.

En un primer nivel, cuando se alcanza un desarrollo adecuado en lo material, este nos proporciona seguridad, aunque solo sea aparente. En el modelo de sociedad en el que nos encontramos este logro material parece ser lo más importante. Tan es así que nuestra mente racional parece no tener otro objetivo: posesiones, dinero, poder, prestigio social, reconocimiento… en una rueda que no tiene fin.

En este primer mundo, materialista, esta seguridad aparente y efímera ha pasado de constituir un medio o recurso para lograr otros niveles más elevados de realización, a convertirse en un fin en sí misma. Así, la sociedad, los grupos, los medios de comunicación nos impulsan al consumo, a la posesión de bienes materiales, a aumentar nuestro estatus social, dejando de lado el desarrollo de otros planos esenciales del ser.

Se produce entonces la paradoja: si hemos alcanzado aparentemente el bienestar en este mundo espacio-temporal, ¿por qué sobrevienen la angustia, el vacío, las grandes adicciones o apegos, mayores cuanto más se tiene?; ¿por qué sobrevienen el vacío existencial, el sinsentido de nuestra existencia, la oscuridad de no tener un propósito que nos aproxime al auténtico placer de vivir?

Esta angustia, el vacío existencial, acompañada en muchas ocasiones por una idolatría que otorga el poder a «lo externo» a la persona, se aparece cada vez con mayor frecuencia y a edades más tempranas. Y puede ser la antesala de padecimientos psíquicos o somáticos.

Lo relacionado con el mundo material, comenzando por nuestro propio cuerpo, debe ser atendido y apreciado… otro asunto es idolatrarlo, otorgarle poder, convertirlo en el motor de la vida. Esto nos convierte en máquinas al servicio de lo externo, de las exigencias sociales, del «yo que debo ser», olvidándonos del «yo que soy».

El desequilibrio entre el «yo que soy» y el «yo quequieren que sea» es la auténtica causa de dolor. Para el alivio se precisa autoconocimiento.

Observa en qué utilizas tus energías, pues en la mayoría de los casos nuestro empeño se aleja de nuestro propósito.

Una mirada introspectiva y honesta, además de la contemplación activa de nuestra relación con el mundo, son las llaves que abren la puerta a la sabiduría necesaria para comprendernos.

©Con Alma Terapeutas