Vivimos en una sociedad patriarcal, la cual confía en que el varón y la mujer tengan comportamientos adaptados al papel que se espera de ellos. Es decir, vivimos sometidos a estereotipos que a la sociedad le parecen inmutables y que son externos a nosotros. Pero también estamos influenciados por arquetipos, impulsos psíquicos que condicionan nuestro comportamiento e influyen en los rasgos de personalidad de cada individuo, sea varón o mujer.

Hoy, por alternar el punto de vista, hablemos del varón, sin olvidar que los arquetipos actúan desde el «inconsciente colectivo» y, por tanto, pueden manifestarse indistintamente en cualquier ser humano.

Procusto, al que los griegos conocieron también con los nombres de Damastes o Polipemón, es un personaje mítico que actuaba en las proximidades de Atenas, acogiendo a los que allí se dirigían y ofreciéndoles descansar en su morada. Poseía un lecho en el que invitaba a descansar a los viandantes y, una vez reposaban en él, si su cuerpo sobresalía del lecho les amputaba lo que excedía, y si no alcanzaban la medida del catre, los estiraba a modo de potro de tortura hasta que los igualaba con la longitud del camastro. Así, establecía una medida “uniforme” para todos los visitantes de la ciudad.

Como todo arquetipo, da vida a pautas de comportamiento humano. Nuestros ancestros solamente podían explicar esos impulsos psíquicos atribuyéndoselos a personajes externos: dioses o seres míticos; pero hoy podemos explicarlos sabiendo que son parte de nuestra psique.

Decíamos al comienzo que la sociedad patriarcal en que vivimos espera, e incluso impone, modos de comportamiento determinados, tanto al varón como a la mujer. Es decir, estereotipos que nos inducen a adoptar un rol que es el declarado como inmutable por el grupo.

Desde el punto de vista psíquico, la sociedad patriarcal se comporta como lo hacía Procusto: unificando o estandarizando a los que la “visitan”.

Hay varones que encajan perfectamente en el lecho de Procusto – en el estereotipo que la sociedad tiene establecido para ellos: triunfador, protector, luchador, competitivo, poderoso-. Los hay que se sienten cómodos y les gusta esta situación, lo cual nos induce a pensar que el estereotipo o expectativa externa encaja perfectamente con los arquetipos o patrones internos.

También hay varones que cumplen con el estereotipo, que hacen lo que se espera de ellos, pero que se sienten completamente frustrados. Se trata de varones cuyos patrones arquetípicos se distancian del comportamiento esperado por el grupo. Pudiera parecer que su comportamiento encaja en el estereotipo, pero en realidad están pagando un alto precio por haber tenido que renunciar a buena parte de sí mismos, o bien por tener que “estirar” una faceta de su personalidad de cara al exterior, pero que no les satisface interiormente. Este sufrimiento es comparable al de los visitantes que excedían o no llegaban a las medidas del camastro de Procusto: o tenían que amputar parte de su ser, o tenían que “alargarse” para cumplir con lo esperado.

He buscado el éxito, el poder, la consideración social… por todo eso he pasado y no voy a decir que no haya tenido momentos placenteros… pero no me satisfizo. ¿A costa de qué parte de mi naturaleza perseguí esos fines? Estaba buscando mi realización personal en el «lugar» equivocado. El cumplimiento del estereotipo puede satisfacerte o puede anularte: ¿valía la pena?

Parece, pues, que el patriarcado tampoco es satisfactorio para los varones… ¡Claro que no!… nos hemos olvidado de nuestra parte femenina, y para vivir una vida plena hemos de recuperarla…

Este arquetipo simbolizado en Procusto no se manifiesta exclusivamente en los estereotipos sociales comentados; también lo hace en todos los ámbitos de la vida humana, especialmente en el personal y en las organizaciones (empresas, entidades académicas, partidos políticos, etc.). En las organizaciones, Procusto se manifiesta tratando de que quien destaca en algún aspecto no lo haga: en muchas ocasiones desacreditando a quien no se atiene a lo “normal”, a quien no se ajusta a la “medida” esperada, a quien no practica el “pensamiento único” imperante en la organización; en otras situaciones, incluso apropiándose de sus aportaciones para beneficio propio.

Procusto rechaza a aquel que sobresale en algún aspecto de la vida: por su valía, por su esfuerzo, por sus valores o por su inteligencia, a los que con su brillo nos hacen sentirnos menos. También a aquellos que consideramos inferiores, haciendo que queden en evidencia sus aparentes carencias. Tanto Procusto como su “víctima” se ven afectados por este comportamiento arquetípico, pudiendo crear una relación que no conviene a ninguno de los dos.

Lo mollar del asunto que nos ocupa está en conciliar estereotipo y arquetipo, lo externo con lo interno, para lo cual resulta imprescindible saber a qué hemos venido, cuál es nuestro propósito, qué arquetipos imperan en mi naturaleza. Este conocimiento también forma parte de la terapia que practicamos.

 

Bibliografía:

Arquetipos e inconsciente colectivo. C.G. Jung

Los dioses de cada hombre. Jean Shinoda

El gran libro de la mitología griega. Robin Hard