Seguramente te hayas hecho esta pregunta en ocasiones…

Nuestros antepasados ya intuían poseer una capacidad interna para cumplir con su propósito en la vida y, aunque en tiempos remotos no tenían palabras para explicarlo y sus descubrimientos se atribuían a dioses externos con poderes mágicos, en tiempos más recientes ya éramos conocedores de que cada uno de nosotros tiene dentro los recursos suficientes para dar la mejor versión de sí mismo.

Así lo entendía Sócrates, quien utilizó un término muy familiar para bautizar a su sistema de enseñanza. Su madre ayudaba a las mujeres a dar a luz, lo que hoy conocemos como matrona y, por analogía, a su método lo llamo Mayéutica -del griego maieutikḗ, técnica de asistir en los partos-.

Dice Sócrates: «Mi arte mayéutica tiene las mismas características generales que el arte de las comadronas. Pero difiere de él en que hace parir a los hombres y no a las mujeres, y en que vigila las almas, y no los cuerpos, en su trabajo de parto. Lo mejor del arte que practico es, sin embargo, que permite saber si lo que engendra la reflexión del joven es una apariencia engañosa o un fruto verdadero». Para Sócrates, es el discípulo el que extrae de sí mismo el conocimiento.

Y este conocimiento que ya poseemos son los talentos bíblicos que hemos de poner a trabajar, cada uno el suyo, pues en eso todos somos diferentes.

«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio.

Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes.

Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite»». (Mt 25,1-3)

La dotación con la que venimos al mundo la hemos de poner a producir, a diferencia de lo que hicieron las vírgenes «necias» de Mateo, quienes, por no proveerse de aceite para sus lámparas, se quedan dormidas y sus lámparas se apagan y no consiguen su objetivo de estar con el novio. Esto es lo que espera el universo de cada uno de nosotros, que nos pongamos manos a la obra, que mantengamos la lámpara encendida, no que nos sentemos a esperar que las cosas ocurran.

No basta, pues, con el conocimiento. Necesarias son también la voluntad, el propósito, la dedicación, la conciencia puesta en lo que hacemos, la atención consciente y cuidadosa… como en la parábola de los talentos.

«Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará». (Mt 25,29)

Entonces, ¿conoces tus talentos?

La mayor parte de nosotros los desconocemos, nadie nos habla de ellos, nunca nos han enseñado a identificarlos. Es más: con toda probabilidad nos han inducido a ocultarlos por no ser socialmente convenientes. Así, esas capacidades innatas permanecen ocultas en nuestra “sombra”; velados talentos aparentemente inactivos que permanecen latentes en espera de una oportunidad para manifestarse.

Esta infrautilización de talentos es causa de sufrimiento, pues limita nuestro desarrollo y condiciona nuestra percepción de la realidad haciendo que vivamos una “realidad subjetiva” alejada de nuestra capacidad. Afirmaciones como «no puedo», «no sé», «soy incapaz de hacerlo», «qué van a pensar de mí», son muestras de nuestra sesgada visión de nosotros mismos y de lo que nos rodea, fruto de la experiencia condicionada.

¿Puedo conocer lo que «me falta»?

Existen diversas vías para ello, unas por el camino de la introspección individual y otras acompañados por un terapeuta, entendido este término como aquel que cuida, atiende y alivia.

Nada comparable a la labor del terapeuta en este proceso mayéutico, de acompañamiento en el parto para dejar nacer al auténtico ser que somos.

Luego, ¿me falta algo?

No, ya dispones de todo lo que necesitas para cumplir tu propósito vital, aunque ello lo desconozcas o distorsiones, pero… hay que ponerse manos a la obra.

«Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».
(Mt 25,13)

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