Regresamos hoy de un vuelo de extinción de incendios y, al pasar por delante del edificio que alberga las estancias de la brigada helitransportada, el capataz me espeta: «Aquí hay dos que ya no vuelan más».

Un respingo me sacude el cuerpo al oír esas palabras, ya que mi vista estaba fijada en el suelo mientras caminaba y no sabía a qué se refería. Alzo la vista, preocupado, hacia mi interlocutor y le pregunto a qué se refiere. Entonces me muestra dos pajarillos del tamaño de un gorrión, probablemente una variedad de golondrina de nombre «avión» -asombrosa coincidencia-, que acababan de estrellarse contra la luna de vidrio de un ventanal y me comenta: «A veces no se dan cuenta de que lo que ven no es real, sino un reflejo del paisaje exterior y se estrellan contra en cristal».

Mi atención pasa entonces del inicial sobresalto a reflexionar sobre lo ocurrido y su resultado: dos pajarillos muertos sobre el suelo, víctimas de su errónea percepción de la realidad. Y me pregunto: ¿Acaso no es esa la forma en que nos movemos los seres humanos en este mundo?, ¿no es cierto que percibimos la parte de la realidad que queremos ver?, ¿no fijamos nuestra atención, seguramente, en una realidad ilusoria que poco o nada tiene que ver con nuestra función en esta vida?, ¿estamos la mayoría de los humanos volando a toda velocidad, con todas nuestras energías y capacidades, hacia un espejismo?, ¿no estaremos, en muchas ocasiones, tan ciegos como los «aviones», hasta el extremo de confundir una ilusión con lo real?

Viene a mi mente lo que decíamos en nuestra publicación anterior: sintonicemos con la esencia de lo que somos, busquemos la frecuencia de nuestra verdadera naturaleza y recibiremos el resultado que anhelamos experimentar, sin dejarnos llevar por apariencias.

No vivamos como el «avión» ni seamos el personaje, actualizado, que Platón describió en su «alegoría de la caverna».

 

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