Una persona fuerte es aquella que se domina a sí misma, dicen los cabalistas.

Ponernos límites es algo que aprendemos nada más aparecer en este mundo. Y hacerlo de modo equilibrado, sin excesos, es condición necesaria para disfrutar de una vida plena. No ponernos límites puede ocultar soberbia; lo opuesto, limitarnos de forma excesiva, nos anula como individuos.

El camino del equilibrio consiste, por consiguiente, en no establecernos en las posiciones extremas, es decir, en hacer espacio en nuestras vidas a las inclinaciones aparentemente opuestas, dándonos cuenta de que la armonía no se localiza en la quietud, sino en la oscilación entre las tendencias encontradas, en saber utilizar nuestra energía en contrapesar la exageración o el desorden.

La sociedad occidental es un modelo que propicia el exceso en una experiencia materialista de la vida. Estamos siendo incitados continuamente a llenar nuestras vidas de logros que en su mayor parte son externos a nosotros mismos, ya sean lo que denominamos posesiones de carácter material, o bien atributos intangibles tales como los méritos que creemos necesarios para ser valorados por los demás. Esta forma de interpretar la vida se ha convertido en norma que rige nuestra conducta: tanto tienes, tanto vales. No se trata de catalogar nuestras imaginarias posesiones materiales o inmateriales como negativas o superfluas en ningún modo, sino de otorgarles el peso ponderado que les corresponde; tanto unas como otras tienen su función en la vida y son necesarias.

El quid de la cuestión reside en que, aun cuando consigamos acaparar tanta riqueza y honores como seamos capaces, ello no nos conduce sentirnos satisfechos con nuestras vidas. ¿Cómo es posible que, disponiendo de todo lo que supuestamente cualquier otro desearía, no me sienta satisfecho? Respondamos a esta pregunta con una ilusoria contradicción: «solo me lleno cuando doy».

Esta respuesta necesita de más precisiones para que tenga un sentido claro. Lo que realmente nos llena, nos hace sentirnos plenos en la vida, no son honores ni posesiones, pues ambas cosas son efímeras y en realidad solo somos usuarios o «inquilinos» de ellas, por mucho que otros de fe de que son nuestras. Si el sentido de mi vida se lo otorgo a los bienes materiales y a los honores que los otros reconocen, hay algo dentro de cada uno de nosotros que nos alerta de que ni unos ni otros son pertenencias propias. Ese sabio que habita en nuestro interior tiene profundamente claro que nada de lo externo trasciende este plano de la existencia y que identificarnos con ello en el transcurso de la vida es el origen de sentir el vacío existencial, el sinsentido de nuestra existencia.

Acaparar lo material sin limitaciones, el tratar de sentirnos plenos «llenándonos» de lo externo, produce un efecto contrario a lo intentado: nos conduce a sentir apego y esto frena nuestro natural deseo. Es como si no pudiéramos recibir más energía y entonces aparece el abismo. Lo que realmente nos puede llenar, hacer que no sintamos el vacío, es reconocernos a nosotros mismos, valorar lo que somos -al menos tanto como lo que la vida nos presta para transitar por ella- y darlo a los demás.

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